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"Distribuida por Etnoarquitectura.com" es la sección de Etnoarq
que presenta apuntes sobre lo que ocurre al interior del sitio, del trabajo,
y de la vida del promotor de este proyecto. En otras palabras, este es
el "blog" o
bitácora del sitio, e informa cuando se añade nuevo contenido,
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que valga la pena compartir.
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El Masai Electrónico
9/01/2006
Entre los rostros que más me impresionaban del álbum "Razas y Banderas del Mundo", que coleccionaba cuando era niña, estaban los de los Huaoranis de la Amazonía, que se abrían unos huecos inmensos en las orejas y se ponían unos discos que les pronunciaban el labio inferior, y los de los Masai en el África, seres altísimos y delgadísimos, que se alargaban los cuellos hasta el absurdo con aros de metal. En ese tiempo, mi fantasía infantil libre de la contaminación del televisor que no teníamos me llevaba a imaginar los parajes donde estos seres vivían. Pero jamás me imaginé que varias décadas después, tan lejanas para mí en ese entonces, iba a conocer con nombres propios a algunos de esos curiosos personajes de mundos remotos, pasados y olvidados, que parecían casi de ciencia ficción. Las circunstancias en las que conocí al Masai electrónico, como lo llamo porque lamentablemente olvidé su nombre tan pronto como me lo dijo—tal cual suele sucederme con la mayoría de las personas—no tuvieron ni una pizca de la aventura que hubiera podido soñar cuando repasaba las páginas del álbum; más bien fueron hasta ridículas y faltas de gracia.
Había visto antes algunos Masais por las calles de Nairobi, vestidos con sus típicas túnicas rojas, que no son más que las típicas telas escocesas con las que se confeccionan también las faldas de los colegios británicos en los países del tercer mundo, y los manteles en algunos pubs ingleses. Estos Masai, si no eran mendigos o indigentes, eran extremadamente pobres, o si no vendedores del Masai Market—un mercado de artesanías de plástico, del que prefiero no hablar. Estos Masai del mercado, supe después, eran gente común y corriente de la etnia Kikuyo, que se ponían la consabida túnica escocesa para parecer Masai y así despistar a los desprevenidos turistas mzungos...
Los otros Masai que vi en Mombasa, en cambio, no eran ni indigentes, ni Kikuyos disfrazados. Era un grupo de unos diez hombres y mujeres jóvenes, que venían de alguna comunidad en el Masai Mara. Los había traído la gerencia del hotel donde me alojaba, para complacer a sus huéspedes con un show de danza y para hacer un mercadito privado de collares, túnicas típicas, y pinturas hechas en serie en algún taller de Nairobi, entre otras artesanías desabridas. Aunque estos Masai no eran tal cual aparecían en mi álbum, tenían un aire elegante y orgulloso, y nada qué ver con los indigentes o los Kikuyos de Nairobi. Sentí la emoción que deben sentir los gringos cuando llegan al Ecuador y ven por primera vez a una otavaleña vestida con su elegante blusa andaluza y su sombrerito de hongo inglés. Obviamente quise tomarme una foto con ellos, pero mi timidez y mi instinto me dijeron que primero debía hacer un acercamiento más respetable, como comprarles alguna tontería. Pero sus artesanías no sólo eran feas, sino también carísimas. Inicié mi diálogo, pero empezaron a hostigar tanto, todos dándome la mano, preguntándome el nombre, diciéndome los suyos, casi obligándome a comprar sus chucherías, que huí por la derecha a mis aposentos. Desde el segundo piso, para la satisfacción de mi niña interna, logré tomar una foto donde están sentados conversando junto a la piscina.
En la noche, cuando me reuní para cenar con mi colega de Unicef supe que ella también los había visto en la tarde, también quería una foto, y tampoco se atrevió; sin embargo ella sí compró una de las feas artesanías. Así que, ya en un "combo" de dos, nos sentimos más seguras y volvimos al ataque. Nos acercamos al más viejo y mi colega les preguntó por uno de ellos, el más despierto de todos. Nos dijo que estaba ocupado arreglando las cuentas del grupo con el gerente del hotel. Pero en ese momento apareció el susodicho y se nos acercó sonriente. Hablaba un inglés perfecto y tenía maneras de Lord, además de un fino reloj, que no me extrañaría fuera un Rolex. Le pedimos tímidamente que se tomara una foto con nosotras, a lo que aceptó diciendo que costaba cien kshillings cada una. Y bueno, una vez tomada la foto y pagados los kshillings nos pidió que se la enviáramos a su e-mail, nos dijo que era el manager del grupo, que hacía los contratos con los hoteles y les organizaba los viajes, y además nos dió su celular para que cuando regresáramos a Mombasa lo llamáramos para salir a tomar algo.Y allí está, mi única foto con un Masai electrónico, que probablemente no es ningún Masai sino un empresario Kenyano cualquiera vestido de Masai...
Acerca de este artículo
Del diario de viaje de María Victoria, que poco se escribe, y todos nos preguntamos (lamentamos) por qué, si se lee bien...
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Imagen correspondiente a este artículo
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Imagen
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Fecha de Toma e Información
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Aprox. Agosto 9, 2006
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Código No. E06VIII09c-MVA-MasaiyYo
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Kenia – Mombasa. Personal: Mari y Masai.
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